lunes, 17 de mayo de 2010

EL ARTE DEL SILENCIO

Hay silencios que hablan, silencios que gritan, silencios que confunden. Hay que aprender el arte del silencio. No es lo mismo tener la boca cerrada que estar en silencio. Estar en silencio es estar en calma, tranquilo, receptivo, fluyendo con el momento presente. Pero se tiende a confundir con no hablar. Y ese no hablar puede ser fuente de conflicto. Porque puede significar que no se quiere herir, o que se tiene miedo, o que se siente ofendido, o simplemente, que no se tiene nada que decir. Por eso, conviene comunicar de alguna manera nuestro pensamiento para que nuestro silencio no se malinterprete.

“No tengo nada contigo. Es que estoy cansado y no tengo ganas de hablar”, por ejemplo.

Hay reuniones en las que algún miembro no habla. Por la razón que sea. Entonces es habitual que alguien se dirija a él: “¿se te ha comido la lengua el gato?”, o “tú también puedes hablar, ¿eh?”. En algunas situaciones hablo poco, prefiero poner mi atención en lo que oigo. Sin embargo, con frecuencia alguien me incita a que hable. ¿Por qué no respetan mi silencio? ¿no será que ellos mismos no son capaces de estar en silencio y se sienten amenazados?

Alguien dijo que la verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos transcurre amenamente. No hay entonces necesidad de decir, de contar algo. Ese es el verdadero silencio, el que no pide más, el que se deja llevar.

Pero para llegar a él a veces tenemos que “traducir” nuestros silencios. Para que no los malinterpreten. Dicen Eva Bach y Anna Forés que al conocido proverbio: “Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio”, tal vez convendría añadir: “Cuando tu silencio pueda confundir, molestar o dañar a quienes estén a tu lado, habla”.