viernes, 31 de diciembre de 2010
PROPÓSITOS PARA EL NUEVO AÑO
miércoles, 15 de diciembre de 2010
PARADOJAS
La vida es paradójica y contradictoria por naturaleza. A veces ser felices nos hace llorar. Hay caricias que arañan. Nos cansamos de no hacer nada. Las luces nos ciegan. Corremos para no llegar a ninguna parte. Somos niños con canas, o ancianos con acné. Lo más pequeño es a veces lo más grande. Las pastillas matan. Para ganar hay que saber perder. Decimos sí cuando queremos decir no, y al revés. No se necesitan palabras para hablar. Nos perdemos para encontrarnos. Los payasos lloran. Las cosas aparecen cuando se deja de buscarlas. El amor duele. Somos tan pobres que sólo tenemos dinero. Se ignora lo que se tiene y se sueña con lo que falta. Los placeres envenenan. Mientras más damos, más recibimos. El dolor cura. Lo que más se esconde es lo que más se ve. La mejor compañía es estar solo. Se habla para no decir nada. Un beso nos traiciona. Lo más inteligente es hacerse el tonto. Mientras más tenemos más queremos. Terminar significa volver a empezar. El asesino reza por la víctima. La seriedad nos hace reír. El que más pregunta es el que más sabe. Vamos despacio porque tenemos prisa. La vida nos sonríe y nuestro corazón llora. La muerte nos vive y la vida nos mata.
La verdad, el amor, la meditación, el éxtasis, la felicidad, todo lo que es bello y verdadero existe en forma de paradoja. No podemos huir de ella, forma parte de la misma esencia de la vida. Lo irracional, lo ilógico, es intrínseco a nuestra naturaleza. Como decía aquel verso de Sabina: “la vida no es un bloc cuadriculado”. La vida es quietud y movimiento, pena y gloria, luz y sombra, blanco y negro...
Cada lágrima contiene la semilla de una hermosa y reluciente flor.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
ACUMULAR COSAS
- ¿Has visto?
- Eso significa que eres pobre (cómo me gusta dar caña).
- En todo caso querrá decir que soy rico...
- No, al contrario.
- Por eso se caracterizan los ricos, por acumular cosas.
- Los ricos no acumulan, los ricos gastan. Los que acumulan son los pobres, por miedo a perder lo que tienen.
Estaba en casa de un amigo, ayudándole en la ¿mudanza? Eso fue lo que me dijo, pero el apartamento requería una limpieza previa; es absurdo trasladar cosas que no necesitas. Era considerable la cantidad de material que había acumulado con el tiempo. Se da la circunstancia de que ha vivido en cinco países diferentes, pero después de tanto trajín no ha terminado aprendiendo a relativizar el valor de lo material, a prescindir de lo superfluo, a caminar “ligero de equipaje”, como diría Antonio Machado.
Es algo habitual, acumular cosas: libros, mapas, apuntes, dvds, souvenirs, objetos que dejaron de funcionar, o que sustituimos por otros, y no tiramos “por si acaso”. Un por-si-acaso que rara vez llega. Leí una vez que hay que deshacerse de las cosas que tendemos a acumular, pues indican que tenemos una mentalidad de escasez, de que no tenemos suficiente, mientras que si nos desprendemos de lo innecesario propiciamos el espacio adecuado para que entren en nuestra vida nuevas experiencias, personas, etc.
El hecho de acumular fácilmente deriva en desorden. Y el desorden, está claro, complica las cosas. “El orden exterior lleva al orden interior”, leí hace poco sobre el feng shui. Y viceversa; la realidad externa es una proyección de la interna. Recuerdo cómo más de una vez, cuando me he sentido vulnerable emocionalmente, me he precipitado a ordenar los cajones, los papeles, los armarios. Y aún hoy día, cuando a veces decido hacer limpieza, siento cómo mi estado de ánimo mejora a medida que voy deshaciéndome de todo lo que no necesito.
Así, demasiado desorden exterior puede indicar una mente caótica, y el exceso de orden una mente rígida, vulnerable. Lo ideal es un mínimo de orden y un máximo de desorden.
En definitiva: conviene tener claro que acumular lleva al desorden, el desorden conduce a la ineficacia, y la ineficacia atrae los problemas. Lo mejor que puedes hacer es contactar conmigo si quieres desprenderte de aquello que te sobra: dinero, joyas... te sentirás como si flotaras, y yo me sentiré orgulloso de que estas palabras hayan servido de algo.
martes, 16 de noviembre de 2010
BUSCAR UN SENTIDO
Antes solía buscar un sentido a mis sufrimientos pasados. Me parecía el peor de los fracasos haber sufrido para nada. No podía limitarme a hacer una vida cualquiera tras sobrevivir a tantos infiernos. Tenía que hacer algo con mi vida, algo útil, algo importante.
Hoy pienso que quizás no tenga importancia saber por qué o para qué sufrí. Tal vez el sentido de todo aquello fue llegar hasta aquí, llegar a este momento. ¿No es suficiente, después de todo?
¿Volveré a bajar al infierno? Es una pregunta que me asalta de vez en cuando. Es tanto lo que he sufrido... ¿cómo podría soportar volver a pasar por aquello? Preguntas, miedos... desvaríos mentales.
No hay nada a lo que aferrarme. No puedo estar seguro del pasado. Viene y va, cambia, se disfraza y se ríe de mi, porque me engaña al hacerme creer que sigue vivo. El color con que se viste cambia según el momento que estoy viviendo. Lo que olvido, lo que recuerdo, es voluble e inestable.
Tampoco puedo estar seguro del futuro. Mis proyectos, mis planes, mis deseos, mis sueños, no son más que pompas de jabón zarandeadas por el viento, la lluvia y la nieve en una realidad indiferente. Todo es posible. Lo mejor y lo peor. ¿Miedo? ¿qué miedo? No hay nada que temer. ¿Esperanza? ¿qué esperanza? No hay nada que esperar. No hay nada.
Sólo esto. Sólo aquí. Sólo ahora.
martes, 2 de noviembre de 2010
HABLAR CON UN VIEJO
Hoy no me resisto a compartir un artículo que leí hace unos años del locutor y periodista Carlos Herrera. La vejez, el amor, la vida... espero que os guste.
HABLAR CON UN VIEJO
Recuerdo que aquél era un viejo pastor de la sierra de Córdoba. Como buen pastor, cuidaba ovejas; y también cuidaba el verbo seco y sentencioso de los que llevan mucho hablado. Yo le llevaba tabaco y, a cambio, él me contaba historias de aquel pueblo en el que yo estaba prestando el servicio militar. Su conversación era calmosa, como su tiempo de espera, como el latido pausado de su corazón. Creo que su vida estaba escrita en las arrugas de su semblante: la guerra, el hambre, la subsistencia, los hijos, los nietos y finalmente el abandono. También las ovejas, las cabras, los perros. Todo se entreveía en cada pliegue de una frente aún altiva y gallarda, acostumbrada a otear el verde límite del paisaje y a cobijar en sus adentros los recelos propios de un solitario. He hablado mucho con los viejos: los he tenido próximos, en casa. Eran, como el viejo pastor cordobés, hijos de los años arrevesados y cainitas; eran víctimas de años peores, de aquello que siempre fue conocido por la necesidad. Su conversación, por tanto, estribaba en puntualizar las diferencias entre la nada y la abundancia, y en ello se especializaban día a día. Pero en cambio, salpicaban su cháchara de lugares comunes: gracias a ello podía yo saber cómo era la calle, el barrio, los arrabales, el centro, tantos años atrás; aquí había un parque, allá una mercería, aquello no existía... Se convierten en museos andantes, incorporando a su memoria los testimonios de muchas vidas comunes y consiguen con ello abrumar a una joven parroquia cuando abren sus puertas. Son viejos de misa y Dios, que han visto casarse al cura y resignarse al Cristo. Son viejos, tal vez, de vieja rabia inconformista y rebelde, que se negarán a ceñirse a una decadente partida de dominó. Viejos de mirada perdida y juventud imposible, la nada, la lucha, la guerra, el hambre, los desvelos, ahora ya el aburrimiento. Están en todos los parques, alimentando palomas y dando de comer al niño triste que llevan dentro.
Cuando les veo, aposentados en su banco, siento muchísimas ganas de sentarme a su vera a hablar con ellos. Cualquier excusa vale: el tiempo, tal vez sea la mejor. Lo hago a menudo; ¿qué tal hoy por aquí, señora?, con eso vale para iniciar la charla sobre el ayer. De dónde vienen, quiénes fueron, cuál fue su peripecia, cómo eran sus bailes, sus noviazgos; me gusta saber a qué jugaban de pequeños, cuánta comida había entonces, cómo fue su boda. Es como una entrevista a uno de los grandes actores de la vida. Les pregunto por lo que pudo haber sido y no fue, por acabar de saber si, de verdad, tendemos a idealizar lo que no tenemos. Así me cuentan los pretendientes que tuvieron o lo pronto que se fueron sus padres, y me doy cuenta de que un viejo sigue añorando a sus padres y a los padres de sus padres. Veo entonces que los rigores de la ausencia no siempre los cura el tiempo, que los arañazos pasados dejan surco inevitable en ese algodón dulce que es la memoria.
Julio era un viejo ferroviario al que conocí poco antes de que muriera. Era un anciano cascarrabias, poco amigo de contar su vida, y del que yo sabía algo porque tenía el altísimo honor de haberme ganado su confianza y algo parecido a su aprecio, que consistía en que no juraba en arameo sólo con verme, cosa que sí ocurría con los demás. Yo entonces servía en los ferrocarriles y él pasaba las tardes en la Estación de Sevilla viendo cómo partían los trenes, es decir, familiarizándose con el adiós.
Su abnegada mujer venía muchas tardes a buscarle; compartían alguna hora de silencio y luego, silenciosamente también, la larga marcha de vuelta hacia el hogar. Julio refunfuñaba por todo, por todo gruñía y centraba en su santa esposa el vértice de todos sus contratiempos: que si no te has acordado, que si no has venido, que si para qué quiero esto, que si así, que si asá. Jamás hubiera imaginado a Julio amando a aquella mujer, tan prudente y solícita. De hecho, jamás hubiera imaginado a Julio amando a nadie que no fuera a sí mismo. Sin embargo, una tarde de otoño, melancólica y opaca, me contó aquel viejo fogonero en qué momento del tiempo se encontraba la cima de todas sus pasiones y el por qué de sus tardes perdidas en los trasiegos de tanto andén.
Ahí, me dijo, había conocido a la mujer más hermosa que jamás contempló en el mundo, en el pescante de un viejo tren con destino a cualquier parte, muchos años atrás. Era, me decía, una princesa deslumbrante y delicada, capaz de hacer que cualquier hombre perdiera la compostura y el recato sólo por mirarla. Aun de ir rebozado en hollín, se acercó a ella y le tendió una temblorosa mano para auxiliarla en su bajada; ella la tomó, descendió, y luego bajó sus ojos prudentemente. Sólo cupo, me decía el anciano, enamorarme hasta el ahogo, seguirla hasta su casa, verla secretamente todos los días, amarla de perfil. Era la más resplandeciente mujer que jamás vieron los hombres, tanto, que se enamoró perdidamente de ella y, secretamente enamorado, vivió todos los días que pasaron desde entonces.
Vehemente y fervoroso Julio. Su crónica era la de un amor secreto e imposible, el relato de un callado imán que le traía cada tarde al banco de aquel andén, donde guardaba celosamente la vergüenza del amor, donde seguía mirando tren a tren, por si otra vez volvía su joven amada a precisar la mano atenta de un exiliado de la vida.
Pero quedarse ahí era quedarse con la historia a medias: lo mejor de las películas está en el desamor y el desencanto. Acabé preguntándoselo:
¿Qué pasó con aquella muchacha, Julio?
Nunca olvidaré cómo volvió su cabeza hacia mí. Se vislumbraba el desdibujado poso de la emoción en sus ojos. Están clavadas en mi memoria las palabras breves y temblorosas en su voz de tabaco y carbonilla.
Me casé con ella. Supongo que estará al llegar.
viernes, 15 de octubre de 2010
HE APRENDIDO
Trata de centrar tu atención en el presente. Es una manera efectiva de simplificar problemas. Mientras más amigo seas del ahora, más te tratará la vida como un amigo.
No busques a alguien a quien amar, sino la manera de amar. De amar el arte, la cultura, la naturaleza, las personas, de amarte a ti mismo. Si tienes amor para dar, el amor terminará llegando. Y si no llega, te tendrás a ti mismo.
Enfréntate a tus miedos. Son monstruos de papel, corderos disfrazados de lobos, molinos y no gigantes; en definitiva: farsantes especializados en robar vida. Si huyes se harán más grandes, si les plantas cara se retraerán. No le des tregua.
Ábrete, comunícate, relaciónate. Compartir las alegrías las multiplica, compartir las penas las divide. Los demás están para contribuir a tu felicidad, y tú para contribuir a la de ellos. No les tengas miedo. Nadie es superior ni inferior a ti. Todos somos compañeros de vida, todos queremos ser felices.
Nunca digas de esta agua no beberé. La vida es un misterio, una sorpresa, una maravilla que fluye, cambia y sorprende constantemente. Cultiva la flexibilidad y todo será más fácil.
Ten esperanza. Donde hay esperanza hay vida, y donde hay vida debe haber esperanza, porque si no la vida se marchita y termina muriendo. No se trata ya de esperar lo mejor, ni siquiera lo bueno, sino de no evadir la idea de que en la mayor de las oscuridades siempre cabe alguna posibilidad, por mínima que sea, de que ocurra algo inesperado. Wayne Dyer dice que “nadie sabe lo suficiente como para ser pesimista”.
Ten fé. Cree en ti, cree en tu sueño. Querer no siempre es poder, pero lo es con mucha más frecuencia de la que creemos. No sabrás si puedes hasta que no lo intentes, y si lo intentas y no puedes, al menos habrás vivido. Sólo el que no lo intenta muere antes de tiempo.
domingo, 3 de octubre de 2010
DECISIONES IRRACIONALES
Hace tiempo leí un libro titulado “Las trampas del deseo”, de Dan Ariely. Este autor afirma que el ser humano tiene una tendencia a creer que controla sus decisiones basada en su propios deseos antes que en la realidad. Son errores irracionales que ejemplifica a través de experimentos como éste:
Cogieron a un grupo de médicos y les presentaron individualmente un caso de estudio de un paciente: un granjero de 67 años que había estado sufriendo de dolor en la cadera derecha por un tiempo. Le dijeron a cada médico: “decidiste hace una semana que no hay ningún medicamento que le funcione al paciente, así que le sugieres una terapia de reemplazo de cadera”. El paciente está, por tanto, esperando a ser operado de la cadera. Es entonces cuando a la mitad de los médicos le dicen: “ayer cuando revisaste el caso del paciente, te diste cuenta de que olvidaste probar una medicina, no probaste Ibuprofeno, ¿qué haces? ¿echas para atrás la operación e intentas el Ibuprofeno, o dejas que sigan para adelante con la operación?” La mayoría de los médicos, en este caso, decidían antes probar el medicamento.
Al otro grupo de médicos le dijeron: “ayer cuando revisaste el caso, decidiste que había dos medicamentos que no habías probado, Ibuprofeno y Piroxitam. ¿Qué haces? Y si la echas para atrás para probar Ibuprofeno o Piroxital, ¿cuál de los dos?” Y aquí viene lo bueno: la mayoría de los médicos deciden en este caso seguir adelante con la operación. El motivo: dar marcha atrás se hace más complejo. Hay una decisión más que tomar: ¿operación o medicamento? y ¿medicamento A o medicamento B?
Así, con frecuencia nos consideramos dueños de nuestras vidas, autores de cada una de las decisiones que tomamos en el día a día, sin sospechar que muchas de ellas ya han sido tomadas por fuentes externas a nosotros. Quizás saber esto nos lleve a no tomarnos demasiado en serio a la hora de tomar algunas decisiones. Nunca tendremos al 100% el control sobre nosotros. Puede ser deprimente... o estimulante.
Tú decides. ¿O no?
martes, 14 de septiembre de 2010
LIBROS
Cuando tenía dieciocho años me dio clase en el instituto un profesor que nos sugería a mis compañeros y a mí que leyéramos. Así, sin más. Lo hacía con cierta frecuencia, hasta que me pregunté: ¿qué tendrá eso de leer que parece tan bueno? Yo, que hasta entonces había leído poco más que los libros de texto, empecé a leer suplementos de periódicos, relatos... y poco a poco fui encontrando un lugar donde refugiarme de los embates de mi soledad adolescente; un sinfín de vidas a través de las cuales percibir otros mundos; un compendio de la sabiduría acumulada a través de los siglos; un tesoro inagotable de ideas y emociones. Me lancé a una carrera desenfrenada por leer todo lo que pudiera: novela, poesía, psicología, filosofía, autoayuda... Según Joaquín Sabina, “si lees nunca estarás solo”, y yo me parapeté tras los libros para huir de esa “amante inoportuna que se llama soledad” (otra vez Sabina).
La biblioteca se convirtió en mi segundo hogar. No leía libros, los devoraba. Hasta que la vida me fue enseñando que no todo está en los libros. En ellos hay mucho, muchísimo, pero no está todo. De nada servía todo lo que leía si al final me olvidaba de vivir. La lectura tenía que ser un medio, no un fin. Como todo, tenía que ser tomado con moderación. Más interesante era leer poco y releer mucho. Porque releyendo es como asimilamos esa lectura y la hacemos nuestra para llevarla donde quiera que vayamos. Sabía de qué hablaba aquel que escribió: “A los ignorantes les aventajan los que leen libros. A éstos, los que retienen los leído. Y a estos los que ponen manos a la obra”.
Hoy recuerdo con una tímida sonrisa a aquel adolescente que pasaba horas en las bibliotecas y librerías buscando un poquito de esa luz que los libros describen, pero que solo te ilumina si le abres al mundo tu corazón.
martes, 31 de agosto de 2010
EL FIN DE LAS VACACIONES
Dios, qué locura –pienso cada vez que despega el avión en el que viajo-. Doscientas personas en el interior de un aparato que echa a volar hasta alcanzar alturas de miedo. Una locura... Pero todo lo que empieza acaba: el viaje, las experiencias, las vacaciones. Y como siempre: dar gracias. Por las comidas que compartí con las personas que quiero, por las novedosas y bellas imágenes que acariciaron mis retinas, por las sorpresas que recibí, por las desgracias que no ocurrieron... por haber empleado con satisfacción un tiempo de ocio que a mucha gente se le atraganta. Dice el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi que el más fácil disfrutar del trabajo que del tiempo libre. La explicación es que “el trabajo tiene metas, retroalimentación, reglas y desafíos, todo lo cual consigue que uno se implique en el trabajo, se concentre y se pierda en él. El tiempo libre, por otra parte, no está estructurado, requiere de un esfuerzo mayor para convertirse en algo que pueda disfrutarse”.
Todo lo que viví en ese tiempo libre quedará en las fotos, en la memoria y en cada una de mis células, rejuveneciendo mi alma y aderezando una vida que en breve volverá a familiarizarse con el despertador, el trabajo y una rutina susceptible de caer en la trampa de sumergirse en la melancolía de días sin tiempo y aromas cálidos, pero que tratará de sortearla para enfocarse en el infinito presente y seguir creando momentos dignos de ser recordados, que no son aquellos en los que nos enamoramos o cumplimos nuestros sueños, sino aquellos en los que vivimos despiertos cada segundo, reflejando la belleza que nos rodea, fluyendo en esta misteriosa danza que poco a poco se va volviendo más ligera.
lunes, 16 de agosto de 2010
LA MEDIA NARANJA
Cuenta Paulo Coelho una historia de alguien que salió al mundo a buscar a su pareja perfecta. Años después volvió a su pueblo y un amigo le preguntó si la había encontrado.
- Estuve en un pueblo del norte donde conocí una mujer guapa e inteligente, pero no era buena persona. Luego estuve en un pueblo del sur, donde conocí una mujer bondadosa y guapa, pero no era inteligente. En el siguiente pueblo conocí una mujer bondadosa e inteligente, pero no era guapa... Finalmente llegué a un pueblo donde encontré a una mujer que era guapa, inteligente y bondadosa. Era la mujer perfecta.
- ¡Qué suerte! ¿Y te casaste con ella, supongo?
- No... ella también buscaba al hombre perfecto.
La perfección es una trampa. No podemos esperar encontrar a alguien que colme todos y cada uno de nuestros deseos, que tenga todas las virtudes que valoramos, y que carezca de los defectos que odiamos. Carmen Posadas hablaba en un reciente artículo de una amiga suya que sugería cambiar la pareja perfecta por el monstruo de Frankenstein, es decir, “un monstruo con trozos de personas hasta formar la media naranja ideal. Evidentemente no se trata de descuartizar a nadie, sino de procurarse una persona como pareja estable, otra con quien compartir inquietudes intelectuales, una tercera para las confidencias más íntimas y hasta una cuarta para la cama, si es menester. Además, con este sistema se acabaron las neuras existenciales porque lo que no te da uno te lo da otro”.
Así, lo ideal quizás sería no poner tantas expectativas en una sola persona; tener por pareja a la que más se acerque a nuestra media naranja, y tener como amistades a personas que la puedan complementar. Y a comer perdices.